Parroquial

ALCOHOLISMO: UN ENFOQUE RELIGIOSO

Por: Lic. Juan Panayotón

La enfermedad del alcoholismo se puede abordar desde varios puntos de vista. En esta nota lo voy a tratar desde el enfoque espiritual. El hombre está formado por materia y espíritu. Una parte animal, que come, crece, se reproduce y muere. Y otra parte espiritual, que siente, ama, se comunica con otros seres humanos y con lo absoluto que llamamos Dios. En ese mundo espiritual se manejan muchas cosas, base de nuestra cultura y base precisamente del Ser de la persona. Es a ese mundo espiritual al que golpea con fuerza el alcohol, muchas veces hasta romper el equilibrio de la ecuación llamada salud espiritual, que es la salud del alma. El alma, de acuerdo a la definición del diccionario de la Real Academia Española; es la sustancia espiritual e inmortal, capaz de entender, querer y sentir, que informa al cuerpo humano y con él constituye la esencia del hombre. El alcohol golpea el alma hasta que ésta se enferma. El motor natural del Ser humano deja de funcionar bien, deja de entender bien, deja de sentir bien, deja de querer bien y deja de informar bien al cuerpo, que también se enferma. El alcohólico busca una solución en el alcohol. Busca reducir el dolor interior, porque el alma también duele, como la cabeza. Quiere escapar y llega el calmante, la anestesia que lleva al alcohólico, a veces hasta la locura. El hombre se embrutece, olvida las mas elementales reglas de la sociedad, el mundo familiar, la moral, la religión y entra en una progresión terrible, donde cada día necesita más calmante (alcohol) que lo «alivia» cada vez por periodos más cortos hasta que lo «mete dentro de la botella».

EL ALCOHÓLICO Y LA FE:

El alcohólico esconde bajo innumerables máscaras algo muy profundo; no tiene Fe. Y cuando el hombre queda sin fe, algo está pasando. No cree en nadie, nadie lo quiere y nadie lo comprende. Se aísla, busca hundirse, desaparecer. Es el eterno fugitivo, pero no puede escapar de sí mismo, de su mundo interior. La ingesta alcohólica lo va llevando, sin darse cuenta a `perder la fe, en la sociedad, en sí mismo y en Dios. Va perdiendo sus valores espirituales poco a poco, vaso a vaso. Lo que ha pasado con el alcohólico es que él ha cambiado de Dios, su Dios es ahora el alcohol. En el alcohol deposita todo. Lo necesita para levantarse, para dormirse, para conectarse con sus pares. Deposita todo hasta su propia existencia. Para él, el alcohol es su vida, su oxigeno, su amor. Lo busca desesperadamente, quiere ahogar algo que él mismo no sabe que es. Algo que lo atormenta, que lo hace sufrir. Quiere curarse el mismo con la droga. Ahora necesita el alcohol para encontrar paz, serenidad y alegría. Ya la droga sólo le da amargura sobre amargura.

Cuando el hombre enferma deja de encontrar belleza en la vida porque está sumergido en la tiniebla del alcohol. Vive en un mundo irreal que él mismo ha fabricado. Teme enfrentar la vida con fe y esperanzas, como teme a la idea de la sobriedad definitiva. Es común que el enfermo se plantee el «nunca más», pero también se plantee que pasará cuando cuando llegue su cumpleaños o la Navidad. Aquí es importante el tratamiento y la asistencia a grupos de autoayuda, que poco a poco va enseñándole a vivir día a día sin alcohol y lo integra, paulatinamente, a la sociedad. El alcohólico empieza a descubrir cosas nuevas, lindas y encuentra, poco a poco, los valores espirituales que había perdido.

El alcohólico que busca a Dios encuentra en el camino la sobriedad. Con ella la paz espiritual, su completa libertad y casi sin darse cuenta, una vida útil y feliz

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